Vidas que hablan: André Boucar Sene

El padre André Boucar Sene, de Boulel en la región de Kaffrine en Senegal, es un Misionero Oblato de María Inmaculada y es sacerdote desde 2006. Ha pasado algunos años en la parroquia de María Inmaculada en las afueras de Dakar, después en Italia y hoy está en la misión de Temento, en Casamance, en el sur de Senegal.

Padre André, ¿por qué se convirtió en Misionero Oblato de María Inmaculada?

Soy originario de la zona de Kaffrine (una región en el centro de Senegal), una misión donde durante muchos años estuvieron los Oblatos de María Inmaculada. Allí los conocí. Desde niño los veía trabajar y tenía curiosidad por su forma de vivir y de ser misioneros. En particular, conocí al padre Peppino Cò, con quien comencé a hacerme preguntas sobre el deseo que estaba surgiendo en mí de seguir a Dios. En aquel momento no sabía distinguir entre sacerdotes diocesanos y religiosos, así que en 1992 ingresé en el seminario diocesano de mi diócesis, en Kaolack. En ese momento se estaba construyendo el seminario y yo formaba parte del primer grupo de chicos, éramos 12 y nos llamaban “los 12 apóstoles”. Practicamente, soy el primer sacerdote en asistir al actual Seminario de San Agustín en Kaolack. En 1996 regresé a Kaffrine y el Padre Alexandre Faye me invitó a participar en un campamento vocacional de verano organizado por los Oblatos. Me fascinó la persona de San Eugenio, su vida como misionero y como portador del Evangelio, especialmente a los pobres y a los más alejados. Y luego era un hombre disponible para la misión, dondequiera que hubiera una necesidad. Para mí todo empezó de nuevo allí y me dije a mí mismo que este era mi camino, esta será mi vida. Decidí reanudar mis estudios y esta vez con los Oblatos.

¿Cómo vives tu “ser misión”?

Hay muchas cosas. La mitad de mi vida la he vivido como misionero oblato de María Inmaculada. Estoy muy contento de ser lo que soy, de ser misionero. Era consciente de que Dios me estaba llamando a algo hermoso e importante. Los Oblatos de Kaffrine fueron un ejemplo para mí que fortaleció en mí el deseo de servir a mi Iglesia y a mi pueblo dando lo mejor de mí mismo. Desde 2020 estoy en la misión de Temento y estoy a cargo de la animación juvenil. Desde mi ordenación sacerdotal, los jóvenes han sido una prioridad para mí: dar tiempo para escucharlos, hablar con ellos, aconsejarlos, pasar tiempo con ellos. Tuve una gran experiencia de todo esto en la parroquia de María Inmaculada, en las afueras de Dakar. Aquí en Temento soy responsable tanto a nivel parroquial como en la vicaría. Les digo que no es fácil, en todos los sentidos. La obra de evangelización sigue siendo muy importante; muchos misioneros han estado aquí antes que yo y su obra continúa. Llevar el Evangelio y hacerlo presente es un desafío continuo. Pero doy gracias al Señor porque es el Señor quien nos envía, es el Señor quien nos da fuerza y nos hace seguir adelante. Es también el Señor quien prepara los corazones de las personas y las cultiva a través del Espíritu Santo. Doy gracias al Señor que obra a través de mí a pesar de mi pobreza. Siempre hay “un vasto campo que cubrir” en la obra misionera. Después, otros continuarán lo que nosotros mismos hemos recibido y sembrado en el corazón de las personas.

André, ¿hay algún aspecto en particular que quieras contarnos?

Después de cinco años en la misión de Temento, me di cuenta de que para mí la misión es “darse uno mismo”: dar tiempo, energía, estar presente con los jóvenes y las personas. También siento que es importante saber “hacerme Iglesia”, trabajar con los hombres y mujeres que se bautizan y que se comprometen a realizar el Reino de Dios. Confieso, además, que a veces es fácil desanimarse porque, a pesar de tanto trabajo y pasión por mi parte y por la de mis compañeros oblatos y catequistas, la respuesta de los fieles no está de acuerdo con nuestras expectativas. Dios tiene sus propios tiempos que no son los nuestros, pero lo importante es que estamos presentes. Otra palabra clave para mí es “construir” nuestra Iglesia y esto requiere el apoyo de todos sin distinción: hombres y mujeres, hijos e hijas de Dios, bautizados por el Señor. Sobretodo, sin hacer distinción de razas y este es un gran desafío, un largo viaje.

¿Una última palabra?

Agradezco a todos los que nos apoyan de diferentes maneras. Agradezco a todos los que rezan por nosotros para que Dios obre en el corazón de nuestro pueblo, para que nuestra Iglesia se haga cargo de sí misma. La Iglesia está formada por cada uno de nosotros, por cada bautizado, hombre o mujer. Pido al Señor que cada uno de nosotros pueda ser una página del Evangelio.

Editado por Flavio Facchin omi