El significado de la palabra “misericordia” proviene de dos palabras latinas: miserere, que significa tener compasión, y cordis, que designa el corazón. Es un sentimiento que nos hace sentir compasión por la infelicidad o la miseria de los demás y nos empuja a ayudar a los necesitados, y que pide nuestra comprensión y solidaridad.
Jesús es el rostro y manifestación de la misericordia de Dios: con sus palabras y sus actos nos ha mostrado la riqueza de la misericordia divina. San Agustín define la misericordia así: “No es sino una cierta miseria contraída en el corazón. La misericordia trae su nombre del dolor por un miserable: la palabra incluye otras dos: miseria y cor, miseria y corazón. Se habla de misericordia cuando la miseria ajena toca y sacude tu corazón. Por tanto, hermanos míos, considerad que todas las obras buenas que realizamos en esta vida caen dentro de la misericordia” (San Agustín, Sermón 358A).
“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia” (Mt 5:7) es una de las Bienaventuranzas. Jesús propone la misericordia y el perdón como forma de vida y promete a los misericordiosos aquello que ya viven: la misericordia. La misericordia es el don de la riqueza y plenitud de Dios para los hombres, por tanto, los misericordiosos ya viven la misma vida de Dios. La misericordia, en el sentido bíblico, es mucho más que un aspecto del amor de Dios: la misericordia es el verdadero ser de Dios. Vivir la misericordia nos hace participar en la vida misma de Dios: “Por la misericordia hacia tu prójimo te pareces a Dios” (Basilio el Grande).
Vivir la misericordia implica un doble compromiso: el de ayudar al prójimo en la necesidad y el de perdonar. En el primero, la Iglesia experimenta que el Señor nos precede en el amor y en la misericordia; por esta razón, la comunidad evangelizadora de discípulos misioneros “sabe tomar la iniciativa sin miedo, ir al encuentro de los otros, buscar a quienes están lejos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de ofrecer misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre” (Evangelii Gaudium, 24). Son importantes las palabras del Papa Francisco: tener “un deseo inagotable de ofrecer misericordia”. ¿Nos cuestionan? ¿Nos interpelan? ¿Nos implican? La misericordia de Dios está en el centro del anuncio de Jesús y la Iglesia tiene
la misión de llevar este anuncio, viviendo en primera persona la misericordia recibida y entregándola. El lenguaje, los gestos y las obras de la Iglesia deben transmitir misericordia para ser creíble mostrando los caminos que conducen a Dios.
Para el segundo compromiso, es decir, misericordia entendida como perdón, nos preguntamos: ¿qué significa perdonar? Dejamos la respuesta al Papa Francisco: “Perdonar no es una buena acción que se pueda hacer o no: es una condición fundamental para los cristianos… El perdón es el oxígeno que purifica el aire contaminado por el odio, es el antídoto que cura los venenos del rencor, es la forma de desactivar la ira y sanar tantas enfermedades del corazón que contaminan la sociedad” (Papa Francisco, 17 de septiembre de 2023).
El amor y la misericordia son vida concreta: intenciones, gestos, actitudes… Para vivir la misericordia, los discípulos misioneros se comprometen a vivir como Dios Padre: “Como ama el Padre, así aman sus hijos. Así como Él es misericordioso, nosotros también somos llamados a ser misericordiosos los unos con los otros” (Francisco, Misericodiae Vultus, 9). Hagamos nuestra la misión de ser en el mundo el signo vivo del amor de Dios: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36).
“Donde habitan misericordia, amor y piedad, también habita Dios” (William Blake, La imagen divina, en Canciones de Inocencia, 1794).
“[La misericordia] es la dimensión indispensable del amor, es como su segundo nombre” (Juan Pablo II, Dives in Misericordia, 7)
“Frente a la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia será mayor que cualquier pecado, y nadie puede poner límite al amor de Dios que perdona” (Francisco, Misericodiae Vultus, 3).
“Donde la Iglesia está presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, comunidades, asociaciones y movimientos, en resumen, donde quiera que haya cristianos, todos deben poder encontrar un oasis de misericordia” (Francisco, Misericodiae Vultus, 12).
“La Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia – el mejor
atributo del Creador y del Redentor – y cuando acerca los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador” (Juan Pablo II, Dives in Misericordia, 13).