Hoy escuchamos músicas originarias de distintos lugares del globo. Es normal comer pizza en Tokio, pasta en Madrid, cuscús en Roma, una paella en Buenos Aires, sushi en Johannesburgo y otros platos “exóticos” a lo largo del planeta.
Tenemos una cocina sin duda enriquecida por tantas culturas, pero no es superfluo preguntarnos ¿eso ayuda a un encuentro más profundo de culturas?
Muchas veces, en distintos ámbitos, se habla de interculturalidad. Pero ¿qué es de verdad? Leemos que “es el fenómeno social, cultural y comunicativo en el que dos o más culturas se relacionan en condiciones de igualdad, sin que ningún punto de vista predomine sobre los demás. Este tipo de relaciones favorecen el diálogo y el entendimiento, la integración y el enriquecimiento de las culturas”.
Suena bien… Pero tenemos que reconocer que “cuando ponemos de lado el tenedor” el encuentro de culturas distintas se hace más difícil. Inician los prejuicios, los miedos a ser atropellados, los rencores históricos. Eso lo vivimos a nivel cultural, pero sabemos bien que eso se vive muchísimas veces en la misma nación entre regiones, ciudades o incluso en barrios distintos.
Sin duda el tema es más amplio, pero quién sabe podemos destacar una de las raíces y preguntarnos cual puede ser nuestra actitud como cristianos.
Una de las raíces de este conflicto es “el miedo al que es diferente”. El otro, africano (aunque Africa, Asia, America, son grandes y muchas veces hay conflictos entre los mismos países de los continentes…), o asiático o hispanoamericano, con sus diferencias sentimos que corren el riesgo de poner en jaque nuestras seguridades sociales, educativas y religiosas. También en nuestras diócesis, comunidades, no nos damos cuenta de que justo el distinto me ayuda a reconocer mi identidad y que “el otro que no soy yo” es para mi persona una oportunidad de riqueza.
“La expresión visible de la vida de la Iglesia en determinadas comunidades debe reflejar la diversidad de sus miembros. Los recién llegados representan un desafío para nosotros, pues con su presencia nos obligan a replantearnos nuestro modelo de parroquia. No debe seguir el modelo de pueblo en el que todos se conocen y se considera a los recién llegados como una nueva incorporación desde el exterior, sino que debe ser una Iglesia en movimiento, siempre con las puertas abiertas para acoger al otro. No se trata de una asimilación, más bien de un enriquecimiento y de un camino hacia la transformación de todos los miembros de la comunidad, puesto que quienes llegan a un país no deben sentirse ciudadanos de segunda clase, sino parte de la comunidad, un “nosotros” único como miembros de pleno derecho de la Iglesia” (Papa Francisco, Orientaciones sobre la pastoral migratoria Intercultural p.8)
Acoger al otro no significa perder identidad sino recíprocamente ofrecerse por lo que soy, lo que somos como cultura. Ofrecer significa no imponer, no prevaricar, dejar al mismo tiempo que el otro sea libre de ser él mismo y ofrecerse como don.
El Papa Benedicto XVI nos recordó que somos llamados a ser “una sola familia de hermanos y hermanas en sociedades que son cada vez más multiétnicas e interculturales, donde también las personas de diversas religiones se ven impulsadas al diálogo, para que se pueda encontrar una convivencia serena y provechosa en el respeto de las legítimas diferencias” (Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, Ciudad del Vaticano, 2010.)
Nosotros cristianos, nosotros Iglesia, tendríamos que ser “expertos” en esto visto la universalidad de nuestras raíces. Pero hay que reconocer que muchas veces no damos testimonio de esto. Es un desafío entonces anunciar, testimoniar una apertura y donación al otro como hermano” que “estamos llamados a reconocer y a cuidar, puesto que esto es un mandamiento del Señor” (Papa Francisco, Orientaciones sobre la pastoral migratoria Intercultural p.8).