“No olvidéis la hospitalidad, porque algunos, practicándola, sin saberlo han acogido ángeles” (Heb 13:2). Estas palabras de la Carta a los Hebreos son maravillosas. Las Escrituras hablan a menudo de hospitalidad y acogida. Abraham, ofreciendo hospitalidad a los tres viajeros desconocidos, se da cuenta de que está acogiendo al mismo Dios; por esta razón recibirá la bendición de Dios con el don del tan esperado hijo y se convertirá en padre en la fe de una gran multitud. María acoge el anuncio del ángel e Isabel acoge a María. José y María acogen a Jesús. Jesús se deja acoger en los hogares de amigos y pecadores y, al mismo tiempo, es acogedor para todos: ricos y pobres, enfermos y extranjeros.
Vivimos porque hemos sido amados y acogidos, vivimos para amar y ser amados, vivimos para sentirnos acogidos y acoger. En la Iglesia, la hospitalidad es un compromiso con la comunión fraternal: “La hospitalidad es la prueba de fuego para verificar cuánto en realidad la Iglesia está tocada por el Espíritu del Evangelio… Este es el Evangelio que estamos llamados a vivir: acoger, ser expertos en humanidad, encender fuegos de ternura cuando el frío de la vida se cierne sobre quienes sufren” (Papa Francisco, 2 de abril de 2022).
¿Por qué acoger? Porque el estilo de los discípulos misioneros se revela en la capacidad de estar cerca, de amar y de acoger, y en vivir las palabras de Jesús: “El que os recibe a vosotros, me recibe a mi, el que me recibe a mi, recibe al que me envió” (Mt 10:40), como las del apóstol Pablo: “Acogeos unos a otros como Cristo os acogió” (Rm 15, 7)
Acoger es ver. Acoger es saber cómo ver al otro para reconocerle como hermano o hermana, para encontrarlo, para compartir sus alegrías o sanar sus heridas. Vivimos tiempos difíciles, por eso necesitamos una mirada nueva, sincera y sin prejuicios. Miradas que nos ayuden a nosotros, discípulos y misioneros, a proteger vidas, a aliviar problemas y dificultades, a crear procesos de convivencia entre los hombres. Saber mirar al otro nos lleva a encuentros de fraternidad y solidaridad.
Acoger es hacerse cercano. Este saber hacerse cercanos lo vivimos en una época en la que la pobreza aumenta, en la que las periferias existenciales se multiplican, en la que hay un aumento de la indiferencia; por eso es un tiempo en el que es importante tejer relaciones. Aquí se mide la calidad de nuestros valores, el respeto a las personas y su dignidad, la capacidad para ser solidarios, para saber reconocer el rostro de Cristo en los rostros de hombres y mujeres. “Ser acogedor significa redimensionar el propio yo, remodelar la forma de pensar, entender que la vida no es mi propiedad privada y que el tiempo no me pertenece. Es un desapego lento de todo lo que es mío: mi tiempo, mi descanso, mis derechos, mis programas, mi agenda. Quienes acogen renuncian al ‘yo’ y permiten que el ‘tú’ y el ‘nosotros’ entren en la vida” (Papa Francisco, 14 de octubre de 2017).
Acoger es encontrarse. La vida está hecha de encuentros y crece gracias a ellos. En el encuentro, el otro es un regalo para mí y yo soy un regalo para el otro. “La vida es el arte del encuentro … en la que las diferencias coexisten integrándose, enriqueciéndose e iluminándose mutuamente, aun cuando esto pueda implicar discusiones y desavenencias. De hecho, podemos aprender algo de todos, nadie es inútil, nadie es superfluo” (Francisco, Fratelli Tutti, 215).
Acoger es caminar y dialogar con los demás. Acoger, cuyo significado proviene del latín ad- (hacia, aproximación) y el verbo colligĕre (recoger, reunir), nos dice que nuestro viaje, el de los hombres en la tierra, se hace juntos y es un viaje para lograr el bien que todos necesitamos. Acoger es ver, estar cerca, encontrarse, caminar juntos, dialogar. Nuestra misión será ser constructores de acogida, fomentando una cultura de encuentro, una cultura de proximidad, una cultura de cuidado mutuo.
“El invitado es sagrado, el invitado es un regalo” (proverbio senegalés). La palabra wolof “Teranga” puede traducirse como “hospitalidad”, pero en realidad significa mucho más: una bienvenida generosa y cuidar al huésped haciéndole sentir como en casa.
“Jesús es el “sin hogar” que debe ser acogido. Jesús es la persona enferma que debe ser sanada. Jesús es el abandonado al que hay que amar. Jesús es el rechazado que debemos acoger” (Madre Teresa de Calcuta, Meditaciones, 1996).
“¿Qué es más importante que la hospitalidad? ¿Qué?… No es posible que nos arrodillemos ante un Cristo hecho de cartón o madera y luego no seamos solidarios con quienes sufren” (Ermanno Olmi, entrevista en el Festival de Cine de Venecia, 2011).
“Acoger significa abrir la puerta, la puerta de la casa y la puerta del corazón, y permitir que quienes llamen a la puerta entren. Y que puedan “sentirse a su aire”… Donde hay un verdadero sentido de fraternidad, también está la experiencia sincera de la acogida” (Papa Francisco, 12 de noviembre de 2021)
Flavio Facchin omi