Bendecir significa invocar la gracia y protección de Dios sobre personas o cosas; también puede expresar un deseo de bien para alguien. Nosotros, como discípulos misioneros, estamos llamados a ser la bendición de Dios para el mundo: tal como la recibimos, la damos con oración y servicio. En algunos países de África Occidental, cuando la gente se reúne, se saludan diciendo: “Salam alekum” (“La paz sea contigo”), que es un deseo real, a lo que se responde: “Malekum salam” (“La paz sea contigo también“). Y en el momento de la despedida, nos deseamos la bendición de Dios: “Na la Yalla barkeel” (“Que el Señor te bendiga“).
Existen muchas y variadas formas de bendición en las Escrituras. Una de ellas, hermosísima, la encuentramos en el Libro del Génesis, cuando Dios le dice a Abraham: “Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición.” (Génesis 12:2). Nosotros también, como Abraham, somos bendecidos y podemos ser una bendición cada vez que rezamos y trabajamos por el bien de la humanidad. En la carta de San Pablo a los Efesios, Dios es bendecido por las bendiciones que nos da en Cristo: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales” (1:3). La bendición del Libro de Números (6:24-26), que encontramos en la liturgia del primer día del año, también es muy hermosa: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz.”
Nosotros también podemos bendecir. Un máximo monástico decía: “Benedictus benedicat, Benedictus benedicetur”(“El Bendito, Dios, bendiga; bendito sea el Bendito”). Además, bendecimos a Dios, pero también bendecimos a un hermano o hermana. La bendición es un decir-bien que expresa apoyo, esperanza, deseos. Bendecir es desear el bien del otro. Cada bendición es un deseo de bien de Dios al hombre, del hombre para Dios y del hombre para el hombre. Deberíamos aprender a desear lo mejor. De hecho, estamos hechos para amar y ser amados, para bendecir y ser bendecidos. La bendición nos asegura que Dios nos ama. Ser bendecidos nos lleva a bendecir, es decir, a amar al otro.
La bendición es misión: “La bendición es también siempre misión, tiene un propósito, compartir, partir juntos lo que se ha recibido, porque solo en dedicación, en com-partir encontramos, como seres humanos, la fuente de alegría y experimentamos la salvación… Las manos que Jesús levanta para bendecir al Dios del cielo son las mismas que reparten pan a la multitud hambrienta” (Papa Francisco, 9 de julio de 2015). El bien que hacemos es una bendición para las personas. Como discípulos misioneros estamos llamados a seguir el ejemplo de Abraham, porque “toda persona bautizada está llamada a ser una bendición y a bendecir” (CIC, 1669). Somos bendición y bendecir es nuestra misión, nuestra vida es llevar el bien de Dios. Somos amados y bendecidos para amar y bendecir.
“Bendice, alma mía al Señor, y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios» (Salmo 103:1-2).
“Dios nos enseñó a bendecir y debemos bendecir … debemos bendecir todo en Él, todos los pueblos, bendecir a Dios y bendecir a nuestros hermanos y hermanas, bendecir al mundo” (Papa Francisco, Audiencia General del 2 de diciembre de 2020).
“Que el camino se eleve y venga a tu encuentro, que el viento esté siempre a tu espalda, que el sol brille cálido en tu rostro y que la lluvia caiga suavemente sobre tus campos y, hasta el próximo encuentro, que Dios te guarde en la palma de su mano” (Bendición irlandesa).
“No tienes el poder de crear arcoíris o cascadas, atardeceres o rosas, pero sí tienes el poder de bendecir a las personas con tus palabras y tus sonrisas. Lleva dentro de ti el poder de mejorar el mundo” (Sharon Larsen).
Flavio Facchin omi